Todavía no era mi turno para llorar…

Todavía recuerdo el momento en que entré. Todavía puedo vernos esa oficina tan fría. Todos tan nerviosos, ansiosos. Es un lugar muy duro. Saber que la mayoría de las personas están ahí esperando recibir un diagnóstico. Esperando que les digan si sobrevivirán o no.
Entramos a la habitación y empecé a contestar todas las preguntas que la enfermera le hacía a mi abuela. Respiraba profundo, tratando desesperadamente calmarme lentamente.
El doctor entró y sin titubear dijo:” Tienes cancer de páncreas. Por eso estas teniendo tanto dolor. Empezamos “quimio” de inmediato y te vamos a dar algunas medicinas para manejar el dolor.” El siguió hablando, de lo que el quería hacer, de lo que ella tenía o debía hacer… Miré a mi papá y supe que todavía no era mi turno para llorar. De una le dije:” si vas a llorar nos esperas afuera” Solo podía pensar en ella, en cómo o qué estaba sintiendo. No podía ser egoísta. Tenía que ser fuerte por y para ella, así me estuviera muriendo por dentro. No era mi turno para llorar.

Acto seguido la miré a ella, estaba enrojecida y con los ojos llorosos, pero no lloraba. Ella nunca nos hubiese hecho eso. Le pregunté al doctor:” ¿Está en metástasis? A lo que el respondió:”si, así es.” Sabía que ella no sabía que significaba eso.
Mientras salía agarrando su mano, la misma mano que agarró la mía mientras yo aprendía a caminar, solo podía concentrarme en una cosa, todavía no era mi turno para llorar.

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